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El viaje a ninguna parte: la memoria como consuelo.

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por — 03/10/2014 — letras

Viaje a ninguna parteEn 1985, Fernando Fernán Gómez (Lima, 1921 – Madrid, 2007) veía cumplida una vieja aspiración personal con la publicación de su primera novela: “El viaje a ninguna parte”. El actor, director, guionista, el “hombre del Renacimiento”, en palabras del ex ministro César Antonio Molina, ingresaba así en uno de los pocos ámbitos que su poliédrico talento aún no había tocado como era el de la literatura. Y para hacerlo decidió rendir un sincero y sentido tributo a la profesión que tanto le había dado, mediante la historia de un grupo de “cómicos de la legua” –actores que marchaban de pueblo en pueblo realizando representaciones teatrales de, en muchos casos, autores poco conocidos – que malvivían en la estrechez de su oficio durante los miserables años de la posguerra.

“El viaje a ninguna parte”, además de la narración de las vicisitudes de esos cómicos itinerantes, es también la de la vida de uno de ellos, Carlos Galván, el hijo del fundador de la compañía Iniesta-Galván que se describe en el libro, y de sus recuerdos, sus ilusiones, sus esperanzas. Ante una realidad desoladora, salpicada de repetidos fracasos (profesionales, sentimentales, familiares), Galván recurrirá a la mentira, a la invención, a la fantasía para encontrar consuelo en los últimos días de su vejez, evadiendo la triste verdad de una existencia abocada inevitablemente a la derrota en todos los niveles. Con su desaparición, se irá de la mano una manera de entender el teatro, el de los caminos, que arrancaba en la Edad Media y que, en los tiempos en que transcurre la narración, esa trágica posguerra de hambre y oscurantismo, ofrece su canto del cisne.

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Fernán Gómez, para rebajar la amargura de la obra, cuenta la historia desde un tono en el que se mezclan a partes iguales la ironía, el costumbrismo y la picaresca (no olvidemos su afición por la literatura de la Edad de Oro). Personajes como Juan Conejo, que será el único amigo que le quede a Carlos Galván en la travesía por el desierto que es su vida, o Carlitos Galván, el hijo del propio Carlos, añaden el contrapunto necesario para que la acción posea la humanidad que empatice con el lector.

Un año después de la edición de su “Viaje a ninguna parte”, el propio Fernán Gómez realizó la adaptación cinematográfica. El filme es un calco milimétrico del libro y, al igual que en él, en las andanzas de la compañía Iniesta-Galván y de Carlos Galván (al que dio vida un sensacional José Sacristán) se funden la nostalgia con la comicidad, el drama con la risa, el dolor con el engaño. “El viaje a ninguna parte” ganó tres Goyas en la primera edición de los premios, y supuso uno de los hitos más destacables en la carrera de uno de los artistas esenciales para entender la vida cultural de este país durante la segunda mitad del siglo XX.