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El Gran Gatsby: la cara amarga del sueño americano

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por — 20/05/2013 — letras

Si hace apenas diez días mencionábamos que no existe un personaje en la literatura que nos evoque de manera más auténtica la ciudad de Nueva York que la Holly Golightly de “Desayuno en Tiffany’s”, podríamos asegurar, de igual manera, que la Edad del Jazz no tendría mejor anfitrión que el Jay Gatsby de “El gran Gatsby”.

Gatsby_1925_jacketJay Gatsby es la creación más conocida de Francis Scott Fitzgerald (Saint Paul, Minnesota, 1896 – Hollywood, California, 1940), cronista lúcido y desolador de esos felices años 20 y uno de los mejores escritores del siglo, por encima de cualquier circunscripción geográfica. Millonario, atractivo, dotado de un encanto irresistible pero, también, un advenedizo mal mirado por parte de las altas esferas que residen en ese Camelot que es el Long Island de los mencionados años 20, Gatsby fue el personaje que catalizó la fascinación que siempre ejerció esa beautiful people en la romántica mente de Scott Fitzgerald, y el ejemplo más célebre, en la literatura, del tan manido “sueño americano”: un self-made man que, desde un oscuro e incierto origen, lograba, a base de esfuerzo y talento, llegar a la cúspide de la sociedad.

Aunque si bien es cierto que el tema ya había sido tocado antes (no hay más que leerse la amarga y maravillosa “Martin Eden” de Jack London para comprobarlo), pero Scott Fitzgerald le otorgó un brillo y profundidad que aún perviven en nuestros días.

Como personaje eminentemente trágico que es, la ambición de Gatsby no será, una vez que ya sea uno más de esa aristocracia de la que tanto había anhelado formar parte, sólo tener los bolsillos llenos de dinero, sino conseguir el sueño de su vida, el triunfo que espera tras la línea de meta: el amor de la etérea Daisy Buchanan. Así, la historia de amor se enlaza, de manera magistral, con el propio devenir vital de Gatsby, contados ambos a través de la mirada, a veces impresionada, a veces escéptica, del narrador, Nick Carraway, el único amigo sincero que tendrá el propio Gatsby en medio de esa particular vorágine de frívolas e interminables fiestas en las que se halla sumergido.

Cuando escribió la obra, en 1925, Scott Fitzgerald ya había publicado “A este lado del paraíso” y “Hermosos y malditos”, aunque, para sufragarse el esplendoroso estilo de vida en el que se encontraba, junto con su mujer Zelda y su hija Frances, escribía relatos cortos que enviaba a los periódicos y revistas más prestigiosos del país (alguno de los cuales han tenido, también, su versión cinematográfica, como “El curioso caso de Benjamin Button” , por David Fincher). Era el niño mimado de las letras del país, su fama crecía sin parar y aparecía como el modelo en el que se reflejaba la prosperidad de la época. new-great-gatsby-poster Apenas siete años más tarde, en 1932, con el ingreso de su esposa en un sanatorio, comenzaba su lento y doloroso declive.

A pesar de ser la mejor descripción que nos ha llegado de esa “dolce vita” estadounidense anterior al crack del 29, “El gran Gatsby” no obtuvo, en su momento, el éxito que merecía. La novela tuvo que esperar a los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial para ser justamente recuperada para el público y ubicada en el sitio que le correspondía en la literatura americana. Lástima que, para entonces, Scott Fitzgerald fuese ya un bote que hubiera remado contracorriente, incesantemente arrastrado hacia su propio pasado.

Aunque esta novela ya ha tenido diversas adaptaciones en el cine (la más reconocible la que protagonizaron en 1974 Robert Redford y Mia Farrow), ahora se acaba de estrenar la versión del megalómano y grandilocuente Baz Luhrmann (artífice de “Moulin Rouge” o “Australia”), con Leonardo Di Caprio en el papel de Gatsby, Tobey Maguire y Carey Mulligan. Estrenada en el reciente festival de Cannes, la acogida abarca desde los que la han tildado de excesiva, o los que reconocen el despropósito que ni el propio Fitzgerald se merecía. Mientras, Luhrmann aduce que la crítica no la ha entendido…