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Drácula, un mito inmortal

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por — 01/05/2013 — letras

En el último cuarto del siglo XIX se produjo, dentro de las letras británicas, la aparición de una corriente literaria que difería radicalmente del realismo predominante de novelistas como Thomas Hardy o Anthony Trollope, y se acercaba más a la herencia que había dejado el romanticismo de las primeras décadas de la centuria. Así, surgió una época “neogótica”, dividida, a grandes rasgos, entre la literatura de corte más fantástico, representada por las obras de H. G. Wells (“La guerra de los mundos”, “La máquina del tiempo”), y la que recuperaba el gusto por el terror y lo macabro de autores como Matthew Lewis (“El monje”) o Mary Shelley (“Frankenstein o el moderno Prometeo”). Es en esta última tendencia donde florecerán obras mayores como “El retrato de Dorian Gray”, “El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde” o la novela que nos ocupa en estas líneas, “Drácula”.

Escrita por el irlandés Bram Stoker (Clontarf, Dublín, 1847- Londres, 1912), amigo personal de Oscar Wilde, en el año de 1897, es decir en la última etapa de la era victoriana, “Drácula” reúne todos los ingredientes que debe tener una novela para alcanzar un éxito inmediato: una trama que atrape desde el primer momento, desarrollada a lo largo de las páginas con muy buen pulso narrativo por parte del escritor irlandés y unos personajes excelentemente perfilados, con especial mención para el protagonista. Si bien las principales fuentes de las que bebe el “Drácula” stokeriano son las leyendas vampíricas y el folklore propios de la Europa del Este, la reelaboración de las mismas para tocar temas como la sexualidad (la hemosexualidad, como se comenta en el prólogo a la edición de Cátedra), el papel de la mujer en la sociedad, e, incluso, el colonialismo sin que la rígida y pacata moral victoriana pusiera el grito en el cielo quedan en el debe de Stoker. Pero si por algo sobresale “Drácula” es, precisamente, por el propio protagonista, de tal modo que hoy difícilmente podríamos separar la figura del vampiro de la del propio conde.

250px-Vlad_Tepes_002Lejos de los artificios románticos con que, posteriormente, se ha querido “dulcificar” la imagen del noble (pienso en la versión cinematográfica que hizo Francis Ford Coppola en 1992, donde Drácula se convierte en un enamorado que recorre “océanos de tiempo” para reencontrarse con su amada resucitada), Drácula es un asesino sin escrúpulos cuya única meta en su no-vida es su propia redención, que habrá de producirse cuando, en efecto, muera. A lo largo del libro, Drácula produce naufragios, atrae y mata a mujeres y hombres inocentes (como el maravilloso episodio de la dama desconocida que va seduciendo a los niños de Londres) y enloquece a directores de psiquiátricos, entre otras tropelías, mientras intenta calmar su desproporcionada sed de sangre y busca la paz interior que está muy lejos de conseguir entre tantas muertes.

El gran acierto de Stoker con respecto al propio Drácula es la perfecta dosificación que hace del personaje a lo largo de la obra mediante su estructura epistolar, pues, aun cuando no aparece físicamente, como sucede en la mayor parte de la intriga, tenemos la sensación de que el conde planea sobre Londres, sus habitantes y nosotros mismos igual que si de un poderoso demiurgo se tratase.

Stoker, como ha sucedido con muchos escritores a lo largo de la historia, fue “víctima” del filón abierto por su propia novela, y se dedicó, posteriormente, a escribir relatos y libros cuyas atmósferas están muy influidas por la vampírica obra maestra. Pero dentro del imaginario colectivo siempre quedará como “el autor de Drácula”.

La versión cinematográfica de Coppola, además de por un reparto estelar (Gary Oldman, Anthony Hopkins o Winona Ryder), destaca por la genial banda sonora del compositor polaco Wojciech Kilar:

  • diego a.

    has transcrito mal la palabra “hemosexualidad” por “homosexualidad”. te ruego, si puedes, cambiala.
    por lo demás, todo ok.
    un saludo.